El alto cargo y la persona. La persona y el alto cargo.

El alto cargo y la persona. La persona y el alto cargo.

El alto cargo y la persona. La persona y el alto cargo.

Los que conocemos de cerca la política sabemos la facilidad con la que las personas se “fusionan” con el cargo que ocupan. Pero esta concepto de “fusión / confusión” entre persona y cargo no es sólo exclusivo de la política.

Todas las personas, con virtudes y con defectos, con puntos fuertes y con puntos débiles, formamos parte de lo que llamamos “sociedad”.

Las personas en diferentes momentos de la vida, ocupamos posiciones profesionales y / o sociales diferentes. Según la profesión, la experiencia, el conocimiento o las “circunstancias”, podemos ocupar lugares de mayor o menor responsabilidad.

Cuando una persona es nombrada en un cargo político, empresarial u organizacional de responsabilidad, ya se dice que es un “alto cargo”.

Si focalizamos en la política, rápidamente encontraríamos un conjunto de adjetivos negativos para describir este hecho. Y seguramente  acertaríamos algunos de ellos.

Podríamos describir como es el hacer y el sentir de algunos presidentes, vicepresidentes, consejeros, secretarios generales, directores, alcaldes o concejales. En algunos casos piden ser considerados como personas “especiales”, lo que significa darles un trato especial que podríamos considerar “servilismo”. Este hecho se produce cuando la persona que ocupa un cargo de responsabilidad confunde el cargo con la persona.

Este tipo de comportamiento, en bastantes ocasiones están relacionados con  tener servicios especiales, como pueden ser disponer de coche oficial, secretaría o servicios de protocolo.

Pero también hay casos en los personas con cargos relevantes no disponen de servicios especiales, pero  siguen considerándose “alto cargo” y “superior”.

Las personas con responsabilidades políticas, es decir, los llamados “altos cargos”, también están sometidos a una presión mediática y política difícil de imaginar si no se conoce directamente. Las redes sociales y medios de comunicación pueden decir sobre esta persona, tantas falsedades como uno pueda imaginarse, sin que nadie se detenga a comprobar si es cierto o es falso lo que se dice de esta persona.

El sentido de esta reflexión va en destacar que el cargo y la persona en ningún caso se pueden confundir.

Y el ejemplo más claro, es observar lo que pasa el día que esta persona deja de ocupar este cargo. Es fácil escuchar a personas que han ocupado niveles de mucha responsabilidad gubernamental cuando la dejan. Siempre explican que el día después han dejado de recibir llamadas o de tener la atención de la mayoría.

Esta es la constatación más clara de la diferencia que hay entre el lugar / la plaza / la responsabilidad que se ocupa,  con la persona.

Podríamos pensar que es una obviedad para todos, y en cambio, la realidad es que muchas personas que ocupan puestos relevantes, confunden tanto en positivo como en negativo la posición con la persona.

Las personas que ocupan un alto cargo no son un alto cargo. En cambio el vocabulario popular ya induce a la confusión. Es fácil escuchar: “aquí se sientan los altos cargos”, cuando en realidad podríamos decir “aquí se sentarán personas que ocupan altos cargos”.

Si todas las personas distinguièsemos entre el “puesto ocupado” y “la persona que lo ocupa”, evitaríamos las adulaciones y las frustraciones, pero también muchos sufrimientos.

Los ciudadanos podríamos aprender a distinguir el “puesto” y la “persona que lo ocupa” lo que permitiría respetar a la persona mientras se critica o analiza el rol que hace.

Actualmente dedicarse a la política, implica estar dispuesto a resistir insultos, críticas de todos modos, incluyendo lógicamente todas las falsedades.

La política merece fundamentarse en el respeto. Necesita personas con liderazgo transformacional (liderazgo por valores), para tener credibilidad, pero también requiere de que la ciudadanía comprenda la diferencia entre el “puesto” y la “persona” que lo ocupa, sabiendo que cada crítica personal le afecta directamente.

Y los políticos también tienen que aprender a distinguir que la plaza y ellos son coincidentes en un momento determinado de la historia, pero que el valor del cargo es intrínseco del cargo, mientras que el valor que él / ella le dé al ejercicio del cargo podrá legitimarle o deslegitimarle, tanto al cargo como a él / ella.

En las empresas y organizaciones de todo tipo, el hecho es el mismo. Es menos visible que en la política pero se cumple el mismo principio.

El presidente o el director de una compañía tienen el nivel “de alto cargo” mientras la ocupan, pero el día que lo dejan de ocupar son la misma persona equivalente a todas las demás personas.

Es fundamental darse cuenta de que los puestos que se ocupan en un organigrama son simplemente plazas. Pueden ser más o menos altos en el organigrama, pero en definitiva son plazas profesionales con responsabilidades asignadas.

La gestión del ego es clave para esta comprensión. Cuando más preparada está una persona, es más humilde y más natural al ocupar una plaza en la organización.

A más inseguridades, más ego y más necesidad de sentirse importante, poderoso o superior a los demás.

La fusión y la confusión entre puesto y persona, es normalmente el resultado de mucha inseguridad personal. Las personas más integras, más formadas, con más conocimiento y con más equilibrio emocional, tienen menos tendencia a la confusión entre ambos conceptos.

Se pues necesario reflexionar en cómo se ocupa un puesto de “alto cargo”, sea al nivel que sea y en el tipo de organización que sea, pues el valor real está en cómo es la persona y cómo ejerce su responsabilidad y sus funciones.

Y también es importante que todos reflexionemos en cómo nos relacionamos con los “altos cargos”. Si lo hacemos rindiendo pleitesía, si los tratamos como “diferentes” o somos capaces de hacerlo con la normalidad y con el respeto que toda persona merece.

Es tiempo de liderazgo transformacional. Es tiempo de ejercer nuestras funciones desde nuestro yo más completo, con humildad, responsabilidad y naturalidad. Pero también respetando a todas las personas, independientemente del puesto que ocupen o del campo en el que ejerzan: el empresarial, el organizacional y político.

Es tiempo por el respeto a todas las personas. De saber mirarse a los ojos. De asumir las propias responsabilidades y respetar las responsabilidades de los demás.

Es tiempo de saber que el lugar en un organigrama no hace más importante a nadie. Simplemente otorga las correspondientes responsabilidades a cada uno.

Y es tiempo para que todos distinguimos el puesto que ocupa una persona, con la persona.

No es fácil hacerlo, porque tenemos automatismos que nos llevan a la confusión y esta confusión es negativa para todos.

Liderazgo transformacional nos lleva a la respuesta.

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